La Farmacia Ramos

Casa del Dr. Ramos

Allá en la 55x12, a un costado de la Iglesia del Jesús, a una cuadra del Parque del Centro, está La Casona Blanca, hoy con un color crema . Dos plantas, balcones hacia la iglesia y para la 55.

 

Dicen que, en la época de la Colonia y los piratas, ahí solía vivir el Alcalde de San Francisco de Campeche, con su familia.

Hay quienes afirman que un pirata solía subir por un balcón para pasar la noche con la bella hija de uno de los alcaldes. Hasta que una noche fue sorprendido trepado al guayabo y pagó con la vida. La joven objeto de sus pasiones fue regresada a España. Algunos juran que la convirtieron en monja, otros, que lograron ocultar su pecado y se casó con un noble. Y hay quien asegura que ella murió del dolor por el amante perdido o la vergüenza.

Hace 55 años, esas leyendas sólo le daban un aire de misterio y fantasía, muy atractivas para un niño de 4 a 5 años de edad.

Por ese entonces, en su interior, junto con los cuentos de fantasmas y las tragedias del amor ilícito, la casa daba albergue a una pequeña familia de venados (no muchos, como 7 u 9) en un patio trasero, a una jaula con 5 o 6 guacamayos presumiendo su traje rojo con vivos azules y su eterno jolgorio fiestero, varias tortugas, nadie sabía cuantas, toda una Compañía (en el sentido militar) de gatos en todas las presentaciones de tamaño y color imaginables que servían de guardianes contra una intermitente invasión de ratas, y otra, de carácter permanente, de ratones. En una terraza de la planta alta había un próspero y productivo gallinero. En los muros anidaban decenas de palomas.

Pero el plato fuerte, era la pileta de ¡Cocodrilos! (Sí, cocodrilos, con cola, dientes y toda la cosa)

Los citados compartían la morada con Abuelito y Abuelita (después sólo Abuelito), las tías, tíos, nanas, un ejército de primos y primas, Papá y Mamá.

Sobre la 55, en la Planta Baja, la casa era sede del Laboratorio de Papá, la Sastrería del Tío Guayo (aún sigue ahí en este Siglo XXI), un Portón, la entrada al zaguán y el Garaje de Abuelito (siempre con algo interesante en 4 ruedas). En el centro de la casa, el Patio Central, rodeado de jardineras (y su callado reino de tortugas), la jaula de los loros y la pileta de los famosos cocodrilos.

Todas las mañanas, al abrir Papá su laboratorio, era un rito el duelo de puyas con la dueña de la tienda de deportes de enfrente, que fabricaba bates con su marca: Maury, traian grabado a un costado. La Dama era fanática de los Dodgers, Papá lo era de los Yankees. El duelo, de acera a acera, bien podía iniciar con un: “...mira que paliza le dieron a tus Dodgers”, seguro que la campechana Señora siempre tenía la respuesta adecuada a la “diatriba” de Papá. Ambos, apasionados del Beisbol.

Desde ahí, en dirección a la 12, una pieza grande, oscura y polvorosa en la que se almacenaban objetos de todo tipo, libros, muchos libros, en el cuarto de al lado (hacia la 55) una mesa de billar rodeada de vitrinas y gavetas, del piso hasta el techo, con centenas de tarros de porcelana con tapa y rotulados con tinta azul, y nombre raros. Y más libros, muchos libros, en francés, español y alemán.

Fachada de la 55

Desde el zaguán se podía acceder a la planta alta, por una escalera verde, una cordillera. Que conducía a una terraza, el “jool”,con balcones que dominaban el patio central, el de los cocodrilos.

Fue en la habitación de junto que Papá y Mamá vieron aparecer a su primogénito subiendo la escalera arrastrando tras de sí a un cocodrilo agarrado por la cola. La anécdota se convirtió en una leyenda familiar. Abuelito se asustó, y mucho, creo que por eso las paredes de la pileta de los cocodrilos crecieron un metro más de altura. Hoy, de quienes vivían en esa casona por aquellos días (y puedan dar fe de los hechos), sólo queda una Tía, ya enferma, el Tío Guayo y aquel niño que a los tres años agarraba a los cocodrilos por la cola.

Sobre el lado de la 12, mirando al Jesús estaba el cuarto de Abuelito, muy grande, con más libros y dos balcones dominando la calle. Desde ahí, Abuelito aventaba maldiciones y palomitas en intento, vano, de espantar a las centenares y miles de golondrinas que hacían de esta vieja Ciudad su refugio de invierno, invadiendo el tendido eléctrico, y llenaban de excremento la entrada de la Farmacia Ramos.

Sobre esa misma calle, pero en la planta baja, estaba una sala de espera, un cuarto de curaciones, y el Consultorio de Abuelito, el Dr. Ramos Hernández, como estudio de científico loco, y la obligada ambientación de película inglesa antigua, de las de Vincent Price. Con todo y caja fuerte.

El salón de junto, el corazón del ala de la 12, tenía bajo custodia a una colección de equipos de Rayos X, aparatos de diatermia y otros artefactos indescriptibles, de la mejor tecnología de los 50's. El salón tenía un forro de plomo, puertas muy pesadas y letreros de ¡Achtung! ¡Verbotten! Lo importante POR NINGÚN MOTIVO ENTRAR AL SALÓN, SALVO ACOMPAÑANDO AL DOCTOR, era la regla principal para los nietos.

Pero el centro real de la Planta Baja era, en la esquina, La Farmacia Ramos, de 2a Clase, el Dr. Ramos nunca quiso ser de 1a Clase, no quería manejar narcóticos. (interesante dato).

Ahí llegaban decenas de personas, todos los días con sus noches. Ahí se preparaban polvos y brebajes tras el mostrador, remedios hoy olvidados. Había siempre algo para todo el que necesitara curación o alivio.

A ese laberíntico caserón (lleno de fotos y trofeos de caza y pesca) arribaban, periódicamente, personajes como aquel “visitador médico” promoviendo, en visitas mensuales, medicamentos de la Bayer y otras firmas alemanas. El Señor de las Medicinas, alemán, alto, de nariz grande, casi calvo y lo demás con canas, ex comandante de un submarino que operó en el Golfo de México durante la Guerra, decían. Parecía ser muy amigo de Abuelito, platicaban durante horas.

En este vórtice de caos familiar, con las historias de piratas, tesoros, y espíritus moradores de la oscuridad que contaba la siempre llena de cariño Tía que Nunca Se Casó.

Los primos sentados en el suelo con alguna golosina, ansiosos por la función semanal de cine en la sala, con el proyector Super 8 (mm) y las mismas caricaturas como la del vaporcito silbando por el río y Mikimaus en lucha ejemplar con el lobo Pedro (alias El Malo) por el honor/amor de Mimí.

La estelar era una de la lucha entre un león y un tigre atrapados en una cueva, siempre el rayado le partía la mandarina en gajos al melenudo.

Cada semana, Abuelito le apostaba al león, después de exhibir la película pagaba, religiosamente, un peso de plata al Jalador de Cocodrilos que siempre le ponía la esperanza al tigre.

¡Ahhh!

Fueron casi 8 años que la Casona y Abuelito regalaron al gordito Jalador de Cocodrilos. Luego llegó el 3r año de Primaria, Papá y Mamá decidieron que era mejor traer al Primogénito a vivir a la Casa de la 14.

Al Dr. Ramos no le gustó mucho la idea, parece que hubo alegatos, perdió. Pareció estar conforme con su nieto metido ahí buena parte de la tarde y noche temprana. No le gustó, pero tampoco le quedó de otra.
...
... el teléfono sonó temprano, el comunicado materno fue escueto. Vestirse, salir para la casona fueron una sola cosa. Pero no ya importa la prisa, Abuelito ya no está en la casona, eso ya es.

Después de 50 años, los venados, guacamayas, la compañía de gatos, la pileta y sus cocodrilos, la mesa de billar, Papá y Mamá, El Señor de las Medicinas, La Tía que Nunca se Casó, el Consultorio, ¡La Golondrinas!… y la Farmacia Ramos, pasaron a existir en el lugar ese de “Había una vez...” que sólo se encuentra en los recuerdos.

El Dr. Manuel Ramos Hernández, radiólogo, el de la Casona de la 12x55, con sus aparatos raros, amante de la tecnología, de los autos, del buen tabaco, esposo celoso, altruista, viajero, cuentero, Masón de altos grados, estudiado en Francia y Alemania, aventurero, violinista, cazador (dicen que sin mucha suerte), aficionado a la pesca y al tiro, viudo, amigo, Cinéfilo, lector voraz (en varios idiomas), padre, Abuelito se fue, una mañana de junio.

Cada Ser Humano es mucho más de lo que se conoce. Somo entes complejos. En cada uno de nosotros hay, un poco de todo, como en Botica.

Con una Casa así, con una Familia así, con un Abuelo así, y en una ciudad como esta…
¿Qué alternativa le queda a uno?